Parque El Retiro

Miguel Angel Victoria Fotógrafo

Pocos lugares gozan de tantos amantes, sin ser acusados de promiscuos, como el Jardín del Buen Retiro.
Desde hace casi quinientos años tiene enamorados de todos los sexos, edades y géneros.
Hay fauna humana –jubilados, artistas, millonarios, jóvenes revolucionarios, chicos conservadores, inmigrantes, mendigos– que adora este lugar de la capital, reventón de vitalidad e historia.

También hay fauna animal que va desde los magníficos pavos reales de los jardines de Cecilio Rodríguez, a las tortugas o la pareja de cisnes negros del estanque del Palacio de Cristal, pasando por las ardillas, las cotorras verdes –e invasoras– que quieren ayudar en la extinción de los gorriones y las golondrinas.

También hay fauna animal que va desde los magníficos pavos reales de los jardines de Cecilio Rodríguez, a las tortugas o la pareja de cisnes negros del estanque del Palacio de Cristal, pasando por las ardillas, las cotorras verdes –e invasoras– que quieren ayudar en la extinción de los gorriones y las golondrinas.
Las cotorras compiten con las palomas, que gozan de buena salud.
Otro asunto son los gatos y los perros. Estos dos grupos de animales domésticos son tan felices entre los setos de aligustre, las praderas, los rincones donde las viejas damas vagabundas les dejan comida a los mininos, que se disputan el cariño por el parque de Madrid con los ilustres que hicieron historia.
Los perros gozan de un espacio propio –que podría estar más cuidado– y corretean con sus amos o paseadores, sueltos después de las 8 de la tarde o antes de las 10 de la mañana.
Entre la fauna humana literaria, al Jardín de Madrid lo amaron Pérez Galdós, Pío Baroja y Campoamor –que tienen sus correspondientes estatuas.
Muchos de ellos utilizaron el Real Coliseo del Buen Retiro –el teatro– para sus obras en verano.
Hoy, sobre aquel teatro se levantan el Palacio de Correos y el Ministerio de Marina.
Un sinfín de bandas que actúan en el Templete en los meses de calor, además de otro sinfín de escritores que lo han incluido en sus obras de finales del XX e inicios del XXI.
Luego están los artistas de diario, quienes ponen el latido del parque a las pulsaciones necesarias para hacernos felices.
No hay cristiano ni pagano que resista la admiración por la “única estatua al demonio en el mundo”, obra de Ricardo Belver.
Se levanta donde estuvo la ermita de San Antonio –El Retiro tuvo 11 ermitas– hasta donde llegaba la Real Fábrica de Porcelana del Buen Retiro.
Aunque huimos de los lugares que ustedes tienen ya en las guías turísticas ¿cómo no mencionar a Lucifer? Tiene enamorados de diario, locos de los patines o skaters, que le bailan cada día con sus tableteos y rodadas en su aquelarre particular, mientras El Ángel Caído no mueve ni un músculo, aterrado ante la visión del cielo.
Solo le consuelan los turistas de todos los continentes que llegan al parque, soñando con hacerse la foto con el mismo demonio.
Además de los amantes casquivanos, de ida y vuelta, los hay muy fieles.

Javier de la Puente. Ama tanto el lugar que le duele El Retiro. Javier es ingeniero de Montes, se acaba de jubilar y ha nacido, crecido y madurado enfrente del parque.
Por eso acaba de fundar la Asociación de los Amigos de los Jardines del Retiro, en un intento de reactivar y mejorar las zonas más deterioradas del jardín que tanto le ha dado.

Por ejemplo, Javier de la Puente. Ama tanto el lugar que le duele El Retiro. Javier es ingeniero de Montes, se acaba de jubilar y ha nacido, crecido y madurado enfrente del parque.
Por eso acaba de fundar la Asociación de los Amigos de los Jardines del Retiro, en un intento de reactivar y mejorar las zonas más deterioradas del jardín que tanto le ha dado.
Pasear por El Retiro con él es descubrir historias y leyendas, al tiempo que reparar en los mimos y necesidades que necesita la joya de la capital.
“Estamos en la Puerta del Niño Jesús. El Castillete lo construyó Fernando VII para sus hijos.
Luego quedó abandonado, hasta que se convirtió en la primera escuela de telegrafía óptica.
Desde la torre se enviaban señales a la estación del Cerro de los Ángeles”.
En realidad, Fernando VII, tras regresar de su comodísimo exilio en la Francia napoleónica, lo que hizo fue montar un parque de atracciones para los niños de la Familia Real en El Retiro.
Hoy, El Castillete es un lugar extraño, con las ventanas tapiadas con ladrillos.
Llegados al antiguo ‘Florida’, Lapuente se siente muy cerca de su infancia.
Por fuera del muro y la verja, ya en la acera de la calle Menéndez Pelayo, se pueden ver muescas en el granito de “disparos de mortero según algunos historiadores, de fusilamientos contra las tapias en los tiempos duros, como la Guerra de la Independencia o, quizá, la Guerra Civil”, comenta De la Puente.
Pero durante la guerra, El Retiro tuvo jardineros siempre.
Ni con uno ni con otro bando sufrió muchos daños. Hombre, recuerdo el Paseo de Coches lleno de automóviles rotos durante la guerra.
No me pregunten por qué, pero todos los cacharros de cuatro ruedas que se rompían se traían al Paseo de Coches y ahí se dejaban, como chatarra.
De estos episodios de la historia más reciente de España aún se acuerdan algunos de los jubilados que cada día acuden a La Cabaña, ese lugar que existe a las espaldas del Palacio de Cristal, cerca del Ángel Caído, y que desde hace décadas ocupan la “Asociación de los Amigos del Retiro” y donde se juega “al ajedrez, al chito o a los bolos leoneses”, explica Julio Cabrera, su actual presidente.
Somos alrededor de 150 socios y a poco que hagamos, esto se levanta.

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  • Cámara Nikon D800
  • Lente Sigma 8 mm ojo de pez
  • Rótula Nodal Ninja NN4
  • Trípode Manfrotto 190
  • Disparador remoto

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  • PTGui para realizar el cosido de la imagen
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  • PanoTour Pro para la generación del tour virtual

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