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El sol nacía ardiente sobre La Palma Sola, Mazatlán, un 12 de mayo de 1902, cuando vino al mundo Alfonso Tirado Osuna, a quien todos llamarían cariñosamente “Poncho”. Desde niño creció rodeado de los aromas dulces del agave cocido en la vinata familiar, un negocio que era mucho más que un trabajo: era el corazón económico y social de la comunidad.

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Su padre, don Carlos R. Tirado, le enseñaba que dirigir una empresa significaba también proteger a quienes trabajaban en ella. Su madre, doña Rutilia Osuna, reforzaba esa enseñanza con ternura, disciplina y la convicción de que el respeto era la base de toda convivencia.

Poncho era un niño curioso, siempre preguntando cómo funcionaban las máquinas de la vinata

Cómo se transportaba el mezcal en mulas hacia el puerto, cómo las familias dependían de ese comercio. Su mente inquieta buscaba entender cada detalle.

Una de sus primeras anécdotas familiares se cuenta en tono de sonrisa: cierta vez, con apenas diez años, ayudó a repartir botellas de mezcal a unos comerciantes. Al recibir unas monedas de agradecimiento, Poncho se negó a guardarlas.

“Son tuyas, tú trabajaste más que yo”, dijo el niño al peón que lo acompañaba.

Poncho Tirado

Ese gesto sencillo marcó la semilla de lo que sería su carácter: generoso, justo y consciente de los demás, valores que lo acompañarían toda su vida.

Tras cursar su secundaria en Mazatlán, Poncho se despidió del mar y de su tierra por un tiempo. La educación era una prioridad para él, y sabía que el conocimiento era la clave para un futuro mejor.

Poncho Tirado

Viajó a Guadalajara para estudiar como contador comercial.

Allí, lejos de la calidez de su hogar, conoció la disciplina de los números y la importancia de la organización en los negocios, habilidades que serían fundamentales en su vida.

Más tarde, cruzó la frontera y llegó a Oakland, California, donde en Saint Mary’s College se formó como ingeniero civil.

Su sed de conocimiento lo llevó a explorar nuevas fronteras académicas.

Poncho Tirado

En California descubrió un mundo distinto: ciudades modernas, ferrocarriles veloces, industrias en expansión. Era un espectáculo de progreso y tecnología que lo maravillaba y lo inspiraba a soñar en grande.

Pero en medio de ese desarrollo, también vio la desigualdad y la dureza de la vida obrera. Esa experiencia reforzó su convicción de que el progreso debía tener rostro humano, que no podía dejar a nadie atrás.

En las cartas que enviaba a su familia desde Oakland, se decía que siempre repetía la misma frase: “Todo lo que aprendo aquí será para Mazatlán, para Sinaloa”. Su corazón siempre estuvo en su tierra natal.

Poncho Tirado

De regreso a su tierra, Poncho no se dedicó al ocio ni al lujo.

Asumió con entusiasmo la responsabilidad de continuar y expandir los negocios familiares, poniendo en práctica todo lo aprendido.

Además de la vinata, tomó las riendas del ingenio azucarero de El Guayabo, un proyecto que daba empleo a decenas de familias campesinas y jornaleras. Su visión empresarial siempre buscaba el bienestar de la comunidad.

Se cuenta que cada mañana, caminaba entre los trabajadores, preguntando por sus familias.

Poncho Tirado

Era su manera de conectar, de entender sus necesidades y de mostrarles su apoyo.

Una anécdota repetida entre viejos habitantes de Mazatlán relata cómo, al enterarse de que un obrero no podía mandar a su hijo a la escuela por falta de zapatos.

Poncho ordenó que se le compraran un par nuevo, recordándole que “un niño sin estudio es un futuro perdido”.

Cuando decidió postularse a la presidencia municipal de Mazatlán, la gente lo apoyó con entusiasmo. Su reputación como hombre honesto y trabajador lo precedía, y la comunidad confiaba en él.

En 1933 asumió el cargo, y con él mostró que gobernar podía hacerse con valores y principios. Desde el primer día anunció que no aceptaría sueldo: “El servicio público no es para enriquecerse, sino para servir”, dijo ante el cabildo.

Un episodio célebre ocurrió cuando Plutarco Elías Calles visitó el puerto.

Poncho Tirado

Se esperaba un banquete pagado con dinero público en el Hotel Belmar, pero Poncho lo prohibió: “El dinero del pueblo es para el pueblo, no para agasajar a políticos”.

Durante su gobierno impulsó becas educativas, apoyo médico a enfermos de escasos recursos, y proyectos de infraestructura. Caminaba sin escoltas, saludaba a comerciantes en el mercado Pino Suárez.

Poncho Tirado

Platicaba con pescadores en la playa Norte, escuchaba a campesinos que bajaban de la sierra.

Aunque su vida fue corta, su legado es profundo. Poncho Tirado demostró que se puede ser empresario sin perder la humanidad, político sin sucumbir a la corrupción, líder sin alejarse del pueblo. Su historia inspira a jóvenes y adultos a creer que sí es posible un liderazgo diferente, basado en el servicio y no en el poder.

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